Publicado el

Viento del sur, un extraño best-seller cien años después

Publicado en Sin categoría

por Jamie James (publicado en The New Yorker el 21 de junio de 2017)

¿Qué escriben los escritores, y qué quieren leer los lectores, cuando el mundo está patas arriba? En el verano de 1917, mientras los aviones alemanes destrozaban Londres con bombas y las primeras tropas estadounidenses desembarcaban en Francia, muchos lectores ansiaban un escape. Aquel junio, el erudito escritor de viajes Norman Douglas publicó su primera novela, Viento del sur, que narra las desventuras de una variopinta colección de expatriados en Nepente, una imaginaria isla mediterránea muy parecida a Capri, donde Douglas vivía. El libro fue un best-seller inmediato y en seguida alcanzó las siete ediciones. Según testimonios circunstanciales, fue especialmente popular entre los soldados británicos y estadounidenses que buscaban distraerse del horror de las trincheras y de los vacuos lugares comunes que se usaban para justificar la Primera Guerra Mundial. También se ganó el afecto de los escritores coetáneos de Douglas. Virginia Woolf afirmó: “Este libro tiene una distinguida ascendencia, pero nació anteayer”.

En espíritu, Nepente se parece al innominado y maravilloso país latinoamericano de la primera novela de Woolf, Fin de viaje —publicada solo dos años antes—, un lugar que los visitantes ingleses encuentran “muy hermoso pero también perturbador y sofocante”. Viento del sur es una fantasía en el estilo burlesco de Max Beerbohm y Ronald Firbank, con elementos de la novela satírica de costumbres y de la novela de misterio y que, sobre todo, sirve de plataforma para las divagaciones filosóficas de Douglas. Entre los muchos temas del libro, los principales son su intransigente hostilidad a la religión institucional y la defensa de un hedonismo idealista nutrido por la atmósfera pagana del Mediterráneo. “Un aire de irrealidad flotaba en el lugar”, escribe Douglas sobre Nepente en las primeras páginas de la novela, a medida que un ferry proveniente de Nápoles se acerca a la isla. “¿Era de verdad una isla aquella pálida aparición? ¿Una isla real con rocas y viñedos y casas?”.

A pesar de su invocación a la fantasía, Douglas basó Viento del sur en sus propias experiencias en la comunidad de expatriados de Capri, compuesta de herederas alocadas y aristócratas caídos en desgracia, inadaptados y rentistas exiliados en busca de amor y placer en el nombre de la realización personal.

[Atención, spoilers en este párrafo] El punto de vista de la novela es elíptico, pero tiene su centro de gravedad en Thomas Heard, un obispo anglicano que visita Nepente en su viaje de vuelta a casa tras un largo ministerio en África ecuatorial. Heard hace escala en la isla para recoger a su prima, la señora Meadows, y al bebé de esta y acompañarlos a Inglaterra, donde deberán reunirse con el señor Meadows. En el ferry, conoce a un misterioso extranjero llamado Muhlen, “un personaje ostentoso y demasiado bien vestido”, que más tarde resulta ser el primer marido de la señora Meadows, aún legalmente casado con ella, el cual ha venido a la isla para chantajearla con una acusación de bigamia. En el desenlace del libro, Heard, tras ver desde lejos cómo su prima asesina al miserable empujándolo por un acantilado, decide no denunciarla, prueba de que ha sido mediterranizado con éxito. [Fin de los spoilers].

Los críticos de la época se quejaron de que a Viento del sur le faltaba argumento. Douglas respondió con justicia que si el libro tenía algún defecto narrativo era precisamente que tenía demasiada trama. De entre las varias tramas secundarias, la principal se ocupa de Denis Phipps, un universitario soñador al que sus mayores bombardean con consejos mientras él intenta como puede buscarle sentido a la vida. Denis se decide a declarar su amor a una coqueta doncella, pero se le adelanta un geólogo judío. Mientras tanto, el Vesubio entra en erupción y cubre Nepente con un manto de ceniza hasta que la efigie de san Dodécano, el patrón de la isla, se saca en procesión por las calles y pone un milagroso final al desastre. Un anticuario local llamado conde Caloveglia vende una falsa estatua de bronce a un millonario estadounidense que ha hecho una fortuna con la industria de los condones. Un grupo de rusos vigorosos y vegetarianos se pone violento cuando un estanquero le vende a uno de ellos una caja de cerillas hechas con grasa animal. Los carabinieri acuden para apaciguar la trifulca y usan sus armas “con tanta precisión que cuatro niños en edad escolar, siete mujeres, once isleños y veintiséis apóstoles resultaron heridos, la mitad de los cuales de forma mortal. El orden reinaba de nuevo en Nepente”.

Como comenta Denis en un momento de la novela: “El lienzo de Nepente está bastante sobrecargado”. Pero los elementos absurdos de Viento del sur no son el único elemento por el que los lectores regresan a este libro. Se trata de una novela de conversaciones, un género menor que abarca obras de escritores tan distintos como Denis Diderot, Thomas Love Peacock y Dave Eggers. Una y otra vez, Douglas establece una escena pastoral en una terraza o en la ladera de una colina, donde sus personajes descansan en medio de preciosa prosa descriptiva y lanzan temas que interesan al autor. La distinguida ascendencia del libro se origina en Platón y algunos pasajes se parecen a los diálogos menos leídos del filósofo, sin la presencia racional de Sócrates. Viento del sur es una de las últimas grandes obras de la literatura inglesa que presupone en el lector una educación clásica. El nombre de la isla está sacado de nepenthes, una droga mítica mencionada en la Odisea y que destierra todas las pena y preocupaciones de la mente. A pesar de ello, no se necesita saber griego o latín para captar los chistes: Douglas siempre se hace entender.

El anticuario del libro, el conde Caloveglia, es, de forma apropiada, el portavoz de Douglas. Le dice al obispo: “Nosotros los del sur, señor Heard, estamos empapados de belleza volátil… ¡Y, sin embargo, uno nunca se cansa de todos estos colores!”. Y concluye: “¡Mire! La aventura y el descubrimiento acechan por todos lados. Esas nubes pintadas, con sus banderas y ciudadelas flotantes y con sus misteriosos promontorios lejanos que se adentran a esta hora en el paisaje, con esos islotes que emergen como copos de bronce del fulgor del crepúsculo… ¡toda la maravilla de la Odisea está aquí!”.

Y, sin embargo, a pesar de su alegría, Viento del sur tiene un corazón melancólico. En su dolorosamente artificial inocencia, en su atronador silencio acerca del cataclismo de sangre que estaba engullendo Europa, el libro es una apasionada reacción a la Primera Guerra Mundial, al igual que lo fueron las novelas antibélicas serias que se publicaron después de la contienda. En 1917, el resultado de la guerra era aún dudoso. La única certeza era que la civilización de la que había surgido la Odisea y también Norman Douglas estaba muriendo.

Como muchos expatriados, Douglas carecía de una nacionalidad muy definida. Nacido en Thüringen, Austria, creció rodeado de una gran riqueza en Escocia, donde sus ancestros eran barones, y se educó en colegios privados ingleses y en el Karlsrühe Gymnasium, en Alemania. Su prometedora carrera como diplomático quedó truncada cuando dejó embarazada a una mujer en San Petersburgo y tuvo que abandonar su puesto en la embajada. Cuando regresó a Reino Unido, se casó con su prima y tuvo dos hijos. Se empobreció de golpe cuando su hermano perdió las fábricas de algodón familiares en un mal negocio, por lo que tuvo que ponerse a escribir para ganarse la vida. Su encanto personal y su amplia erudición en seguida le ganaron poderosos defensores: Joseph Conrad le ayudó a lanzar su carrera después de que se conocieran en Capri en 1904 y fue muy amigo de D. H. Lawrence hasta que Douglas tuvo una trifulca pública con él.

Además de con Viento del sur, tuvo éxito con sus libros de viajes: La vieja Calabria, que muchos lectores consideran su obra maestra; Manantiales en la arena, subtitulado Paseos por los oasis de Túnez; y, de forma notable, Tierra de sirenas, un recorrido mágico, histórico y mitológico por Capri y por la península Sorrentina. Sin embargo, su carrera se vio perjudicada debido a su inclinación por temas recónditos que no encontraban muchos lectores. Su bibliografía incluye libros como Pájaros y bestias de la Antología Griega, Herpetología del Gran Ducado de Baden, un ensayo sobre silvicultura y un serio estudio sobre los juegos infantiles en Londres, un temprano clásico de la sociología que Joyce usó para crear juegos de palabras en Finnegans Wake.

Viento del sur solía ocupar un puesto fijo en todas las listas de clásicos modernos. Graham Greene, que se hizo amigo de Douglas en sus visitas vacacionales a Capri, dijo: “Mi generación se crió con Viento del sur”. Sin embargo, la novela ha caído del dominio canónico y, hoy en día, atrae poca atención de los estudiosos. Una de las razones de su declive, sin duda, es la escandalosa vida privada de Douglas. Por la época en la que escribió Viento del sur, su inclinación sexual se había convertido en un frenesí por los adolescentes. Se divorció de su mujer y se trasladó a Italia, donde los actos homosexuales eran legales y donde las leyes sobre la edad de consentimiento eran escasas. Harold Acton escribió que, para cuando Douglas cumplió sesenta años, “cada vez podía soportar menos la compañía de personas de más de catorce años”. Es ya imposible conocer la naturaleza exacta de estas “travesuras nietzschianas”, como las ha llamado el historiador cultural Paul Fussell. Una acusación de agresión sexual, que le convirtió en persona non grata en Inglaterra, tuvo lugar después de que Douglas le hiciera proposiciones a un estudiante de dieciséis años en la estación de metro de South Kensington. En sus viajes por Calabria, le acompañaba un niño de doce años del este de Londres llamado Eric Wolton, con el consentimiento de los padres de este. Wolton, a los cuarenta años, visitó al anciano Douglas en Capri. Se conserva una fotografía de Wolton adulto con la siguiente dedicatoria: “Para N. D., el mejor amigo que he tenido nunca”.

Fussell escribe que la sexualidad de Douglas era una reliquia de los decadentes años noventa del siglo diecinueve, cuando la homosexualidad —un término recién acuñado— se identificaba de forma rutinaria con el culto a la juventud y se le otorgaba un pedigrí clásico basado en un conocimiento superficial de la pederastia institucionalizada en la antigua Grecia. Esta actitud tolerante, que Fussell llama “un indicativo de la visión premoderna” de la homosexualidad, estaba inextricablemente unida al sistema de clases victoriano. Por muy repugnante que se presente el comportamiento de Douglas a la luz de la moralidad actual, para sus coetáneos de Bloomsbury el derecho de un caballero a hacer lo que le viniera en gana tenía más peso que cualquier presunción de protección legal para los compañeros jóvenes y de clase trabajadora de Douglas. Los capriotas, por su parte, le idolatraban y le convirtieron en ciudadano honorario.

Douglas, siempre desafiante ante la opinión pública, se mantuvo firme en su visión de hedonismo pagano hasta el final de su vida, en 1952, a los ochenta y tres años. Fue una muerte horrible. Lo atormentó la erisipela —una inflamación de la piel de color escarlata brillante llamada comúnmente fuego de san Antonio— y esta degeneró en una misteriosa enfermedad diagnosticada como “tuberculosis de la piel”. Privado de cualquier esperanza de obtener algún placer de la vida, aceleró su final con una sobredosis de pastillas. En su lecho de muerte, unas hermanas de la caridad alemanas se acercaron para reanimarlo, pero él las echó de su lado. Sus últimas palabras fueron: “Sacad de aquí a esas jodidas monjas”. El funeral de Douglas fue una ceremonia de estado no oficial: las tiendas cerraron y tout Capri siguió el cortejo funerario hasta el cementerio.

Fuente

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *